De la Prehistoria a los Romanos en La Mancha

Ángel Martín-Fontecha Guijarro, docente y ponente de la historia manchega

En nuestra comarca se han encontrado restos de primeros poblamientos humanos que estarían datados (según los últimos restos localizados) en torno al 700 000 a. C1. Los restos encontrados se adscriben culturalmente al periodo Achelense, como por ejemplo bifaces, aunque también se han encontrada algunas puntas de la época Musterienses o lascas de periodos indeterminados. Son yacimientos que se datan, habitualmente, en el Paleolítico Inferior.

En nuestra comarca, podemos destacar los yacimientos de las Eras, los Areneros y Santa María del Guadiana en el término municipal de Argamasilla de Alba en el alto Guadiana. En estos yacimientos se han encontrados lascas, cantos tallados, raederas, raspadores, denticulados, cepillos, cuchillos, perforadores, etc.

La continuidad de estos primeros asentamientos es una realidad y como ejemplo lo tenemos en el término municipal de Herencia, donde en parajes como la Sierra de San Cristóbal, la Rendija, El Arenero, el Navajo, los Galayos, el Picazuelo, el Cerro de los Molinos, el Valdespino o Buenavista (Puente Alto) se observa la transición de los primeros enclaves prehistóricos con yacimientos correspondientes al Neolítico. Además, en muchos de ellos aparecieron también restos de civilizaciones posteriores (iberos, carpetanos –celtíberos-) y por supuesto de los romanos2.

Mapa de Iberia según Estrabón (fines del siglo I a.C.)3.

A partir del siglo II a.C., el ejército romano quiso dominar todo el interior de la Península Ibérica (nuestra zona constituida como provincia romana con el nombre de Tarraconense que posteriormente se dividiría en dos: la Cartaginense al sur y la Tarraconense al norte). Para ellos toda esta región era un país agreste e inhóspito, poblado de tribus salvajes y orgullosas, que preferían morir a verse despojadas de sus armas.

Mapa de la Península Ibérica
bajo el dominio romano en el 17 a. C.4

Toda la comarca manchega estaba salpicada de poblaciones más o menos importantes cuya ubicación exacta no deja de ser todavía una incógnita a la que los historiadores intentan dar respuestas. Así algunas de estas localizaciones podrían ser, según los últimos estudios: Munda (Montiel), Murum (Villacentenos), Laminium (Daimiel), Alces (Alcázar de San Juan) -según el historiador Jesús Montero Vitores-5.

Parece ser que en toda la Celtiberia cada comarca estaba gobernadas por un rey o jefe. Así toda nuestra zona era gobernada por THURRO, denominado por el historiador romano Tito Livio como el reyezuelo “con mucho, el más potente de todos los hispanos”. Este rey es reconocido por Livio, no sólo por su riqueza, sino por su valor.

Hacia el año 180 a.C, el general romano Sempronio Graco6 profundizó en la conquista de toda nuestra comarca. En primer lugar se dispuso a la conquista de Munda y tras asolar este enclave se dirigió a Cértima donde consiguió que sus habitantes se rendirieran bajo unas condiciones en concepto de tributo de guerra y en muestra de su fidelidad7.

Sempronio Graco

“Los propretores en Hispania, Lucio Postumio y Tiberio Sempronio, acordaron un plan conjunto de operaciones: Albino marcharía a través de la Lusitania contra los vacceos y regresaría luego a la Celtiberia; de estallar una guerra más importante, Graco se encontraría en las fronteras más lejanas de la Celtiberia. Este se apoderó al asalto de la ciudad de Munda, mediante un ataque nocturno por sorpresa. Después de tomar rehenes y poner una guarnición en la ciudad, siguió su marcha, asaltando los castillos y quemando los cultivos, hasta llegar a otra ciudad de excepcional fuerza, a la que los celtíberos llamaban Cértima. 

Se encontraba ya aproximando sus máquinas contra las murallas cuando llegó una delegación de la ciudad. Sus palabras mostraban la sencillez de los antiguos, pues no trataron de ocultar su intención de seguir la lucha si disponían de los medios. Pidieron permiso para visitar el campamento celtíbero y pedir ayuda; si se les rehusaba, decidirían por sí mismos. Graco les dio permiso y regresaron a los pocos días, trayendo con ellos diez enviados. Era el mediodía, y la primera petición que hicieron al pretor fue que ordenara que se les diera algo para beber. Después de vaciar las tazas pidieron más, ante lo que los presentes estallaron en carcajadas por su rudeza e ignorancia del comportamiento adecuado.

A continuación, los más ancianos entre ellos hablaron así: “Hemos sido enviados por nuestro pueblo -dijeron- para averiguar qué es lo que te hace sentir confianza para atacarnos”. Graco les contestó diciéndoles que él confiaba en su espléndido ejército y que si deseaban verlo por sí mismos, para poder dar completa cuenta a los suyos de él, les daría la oportunidad de hacerlo. Dio luego orden a los tribunos militares para que todas las fuerzas, tanto de infantería como de caballería, se equiparan al completo y maniobrasen con sus armas. Después de esta exposición, se despidió a los enviados y estos disuadieron a sus compatriotas de enviar cualquier tipo de socorro a la ciudad sitiada.

Los habitantes de la ciudad, después de tener fuegos encendidos en lo alto de las torres de vigilancia, que era la señal acordada, viendo que era en vano y que les había fallado su única esperanza de ayuda, se rindieron. Se les impuso un tributo de guerra de dos millones cuatrocientos mil sestercios. Asimismo, debían renunciar a cuarenta de sus más nobles jóvenes caballeros; pero no como rehenes, pues iban a servir en el ejército romano, sino como garantía de su fidelidad”.

Tras esto marchó hacia Alces derrotando a todas las fuerzas celtíberas que se encontraba por el camino con una estrategia militar curiosa, haciendo pensar a éstos que en un determinado momento huían haciéndoles de sus pequeños enclaves atrincherados. De esta manera consiguieron subyugar a los rebeldes del lugar y se habla de hasta 9000 muertos, siendo hechos prisioneros 320 hombres, 112 caballos y 37 banderas representativas de todas las poblaciones del lugar8.

“Desde allí avanzó hasta la ciudad de Alce, donde estaba el campamento de los celtíberos del que habían llegado poco tiempo atrás los enviados. Durante algunos días se limitó a hostigar al enemigo mediante el envío de escaramuzadores contra sus puestos avanzados, pero cada día los enviaba en mayor cantidad para intentar sacar todas las fuerzas enemigas fuera de sus fortificaciones. Cuando vio que había logrado su objetivo, ordenó a los prefectos de las tropas auxiliares que presentaran poca resistencia y luego se dieran la vuelta, huyendo precipitadamente hacia su campamento, como si fueran superados numéricamente. Él, mientras tanto, dispuso a sus hombres en cada una de las puertas del campamento.

No había pasado mucho tiempo cuando vio a sus hombres huyendo de vuelta, con los bárbaros persiguiéndoles en desorden. Mantuvo hasta este punto a sus hombres detrás de su empalizada y entonces, esperando únicamente hasta que los fugitivos encontraron refugio en el campamento, lanzó el grito de guerra y los romanos irrumpieron por todas las puertas de forma simultánea. El enemigo no pudo hacer frente a este ataque inesperado. Habían llegado para asaltar el campamento romano y ahora ni siquiera pudieron defender el suyo. Derrotados, puestos en fuga e impulsados por el pánico detrás de sus empalizadas, perdieron finalmente su campamento.

Aquel día murieron nueve mil hombres, fueron capturados trescientos veinte prisioneros y se tomaron ciento doce caballos y treinta y siete estandartes militares. Del ejército romano, cayeron ciento nueve hombres”.

Llegados a Alces se encontró que en esta ciudad estaban atrincherados todos los efectivos celtíberos de las poblaciones vecinas que no habían sido vencidos. Este ejército pudo permanecer fuertes durante tres días en la defensa contra el ejército romano, pero el uso de todas las clases de máquinas de guerra que por aquel tiempo se usaban hicieron caer las murallas de la ciudad y viendo la inminente derrota y para que no se produjera la masacre sufrida en otras villas conquistadas, los celtíberos no tuvieron más recurso que mandar oradores al campo romano y hacer tratados de paz y entregar todo cuanto poseían.

Mucho fue el botín obtenido por el ejército romano y muchos los prisioneros que obtuvieron. Incluso llegaron a ser cautivos dos hijos y una hija del ya nombrado anteriormente rey Thurro.

Parece ser que viendo a sus hijos apresados, este caudillo celtíbero, reclamó ayuda de los pueblos vecinos para continuar la lucha contra el invasor y rescatar a sus descendientes. Pero el temor a Roma era inmenso y nadie apoyó al padre dolorido.

Por esto, Thurro escribió a Sempronio Graco donde le confirmaba que “si le concedía la vida a él y sus hijos, seguiré, pues, contra mis antiguos aliados, ya que ellos han tenido a menos de mirar por el honor de mi persona y mis hijos”.

Este escrito consiguió el fin deseado, y Graco el concedió un salvoconducto y desde entonces Thurro luchó en las filas del ejército romano, siendo de gran utilidad destacando al poco tiempo en las siguientes batallas y, por tanto, en el sometimiento y sumisión de toda la Celtiberia9.

“Después de esta batalla, Graco llevó las legiones a la Celtiberia, que devastó y saqueó. Cuando los nativos vieron tomados sus bienes y ganados, sometiéndose voluntariamente algunas tribus y otras por miedo, en pocos días aceptó la rendición de ciento tres ciudades y consiguió una enorme cantidad de botín. Marchó después de vuelta a Alce y comenzó el asedio de aquel lugar.

Soldados celtíberos10.

Al principio los habitantes resistieron los asaltos, pero cuando se vieron atacados por máquinas de asedio además de por armas, dejaron de confiar en la protección de sus murallas y se retiraron todos a la ciudadela. Por último, enviaron emisarios poniéndose ellos y todos sus bienes a merced de los romanos. Aquí se capturó una gran cantidad de botín, así como muchos de sus nobles, entre los que se encontraban dos hijos y la hija de Turro. Este hombre era el régulo de aquellos pueblos, y con mucho el hombre más poderoso de Hispania. Al enterarse del desastre a sus compatriotas, mandó a solicitar un salvoconducto para visitar a Graco en su campamento. Cuando llegó, su primera pregunta fue si se les permitiría vivir a su familia y a él. Al responderle el pretor que sus vidas estarían a salvo, le preguntó, además, si se le permitiría luchar del lado de los romanos. Graco también le concedió esa petición y él le dijo: “Te seguiré contra mis antiguos aliados, ya que ellos no han querido tomar las armas para defenderme”. A partir de entonces, estuvo junto a los romanos y en muchas ocasiones sus valientes y fieles servicios resultaron útiles a la causa romana”.

Y así es como los romanos dominaron nuestra comarca. La historia es digna de un guión cinematográfico comparable a muchos de los que hemos visto en la gran pantalla. Hoy la memoria del rey Thurro está prácticamente olvidada aunque fue, sin duda, uno de los primeros en dejar patente el valor de los habitantes de nuestra comarca.

CITAS

1 CABALLERO, K.; CIUDAD, A.; GARCÍA, R. (1980‑81) “Contribución a un mapa del Paleolítico inferior y medio en la provincia de Ciudad Real”. Cuadernos de prehistoria y arqueología (7-8): 7-38.

2 HARO MALPESA, Jesús y VELA POZO, Francisco. (1988) “Los yacimientos del calcolítico y del bronce en el noroeste de la provincia de Ciudad Real”. I Congreso de Historia de Castilla-La Mancha, Pueblos y Culturas prehistóricas y protohistóricas. Tomo II, pp. 273-274.

3 SÁNCHEZ-MORENO, Eduardo. (2008) “Los vacceos a través de las fuentes: una perspectiva actual”. Universidad Autónoma de Madrid. 135, fig. 34.

4 [Recurso en línea https://es.wikipedia.org/wiki/Hispania_romana#/media/Archivo:Iberia_17BC-es.svg]

5 MONTERO VÍTORES, Jesús. “Carpetanos y vettones en la Geografía de Ptolomeo”. 2002, p. 190.

6 Imagen de Tiberio Sempronio Graco en “Promptuarii Iconum Insigniorum”, de Guillaume Rouillé (siglo XVII).

7 TITO LIVIO. “Ab Urbe Condita”. Cap. XL, p. 47.

8 Ibídem, p. 48.

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