El Marqués de Molins y García Herraiz, dos formas de ver La Mancha (I)

Ángel Martín-Fontecha, docente y ponente de la historia manchega

1- De las formas de ver La Mancha

Desde la aparición del Quijote y hasta nuestros días son numerosísimas las rutas, más o menos fieles, basadas en las aventuras del caballero, y que han sido publicadas (ya sean de carácter literario, gráfico o en cualquier otra versión artística)1. Y en esas publicaciones nos encontramos con versiones antagónicas a la hora de describir La Mancha, a veces con descripciones repletas de un gran optimismo y otras con una inmensa desesperanza.

Diferentes autores se han posicionado, a la hora de hacer una descripción de La Mancha, en una de las dos posturas descritas anteriormente. Como muestra podemos ver a Azorín que en su ruta de Don Quijote2, nos dejó la siguiente impresión de la comarca que nos muestra una visión repleta de un duro realismo

“Y en el fondo, más allá de todas estas ruinas, destacando sobre un cielo ceniciento, lívido, tenebroso, hosco, trágico, se divisa un montón de casuchas pardas, terrosas, negras, con paredes agrietadas, con esquinazos desmoronados, con techos hundidos, con chimeneas desplomadas, con solanas que se bombean y doblan para caer, con tapiales de patios anchamente desportillados” 3.

Frente a esa crudeza descriptiva podemos ver la sublime descripción de un atardecer en La Mancha realizada por Rubén Darío en el transcurso de un viaje  a la patria de Don Quijote (febrero de 2005).

“Salí del histórico recinto a tiempo de presenciar el más inaudito de los crepúsculos. He visto crepúsculos de luz verde, de luz diluida y omniprismática como en Venecia; crepúsculos furiosos de nuestros trópicos; crepúsculos suaves, delicados, tenues; crepúsculos taciturnos; crepúsculos africanos de Tanger; crepúsculos vaporizados de costas levantinas, ensueños de color.

Mas esta fiesta de sangre y ceniza, este incendio violento de los lejanos horizontes, esta cruel magnificencia solar, triunfos y rompimientos incomparables, púrpuras celestes, gama de todos los oros, supremo imperio de poniente, me impresionaron como en ninguna parte” 4.

Queda patente el contraste de la cruda realidad frente al idealismo más benigno.

A finales del siglo XIX encontramos viajeros extranjeros que se animan a recorrer la ruta de las aventuras de Don Quijote. Es el caso del estadounidense August Jaccaci, quien recorre y describe los lugares recorridos por el hidalgo5.

Curiosamente este autor nos da una visión muy personal de La Mancha, donde él mismo interpreta la dualidad que mezcla la parte idealista del Quijote con la parte realista de Sancho:

“La parte de mí que está controlada por el artista -la llamaré “mi yo quijotesco” – se deleitaba bastante con este exceso de color local, pero mi lado sanchopancesco, cubierto de suciedad, jadeante y magullado por !as sacudidas, estaba en condiciones deplorables”6.

Y así a lo largo de décadas numerosos viajeros han experimentado realizar una ruta de Don Quijote y de forma paralela obtener una visión de La Mancha. Cada uno ha obtenido una perspectiva particular sobre nuestra región que, como hemos visto en los ejemplos anteriores, puede pasar del idealismo más profundo a la crítica más lacerante según el enfoque del autor.

Para profundizar en esta doble visión de la Mancha presento un breve estudio sobre dos obras de finales del siglo XIX, en cuyos títulos ya se pone de manifiesto esta controversia.

Portadas de “La Manchega” y “Lo Manchego”
FUENTE: Clásicos Albacetenses. Biblioteca Digital de Albacete. http://iealbacetenses.dipualba.es/

Nota: El próximo martes se publicará la segunda parte de este artículo

2-  “La Manchega” (1873)

 

Su autor fue Mariano Roca de Togores y Carrasco, Marqués de Molins y vizconde de Rocamora (Albacete, 1812–Lequeito (Vizcaya), 1889); aristócrata, literato y político7. Se introdujo en la vida periodística de su tiempo con la fundación en Valencia del periódico “La Verdad”, de carácter conservador, en el que incluía artículos con el seudónimo del Licenciado Manchego. Militó en el partido moderado hacia la mitad de la década del treinta del siglo XIX. Entre su producción literaria figura la novela costumbrista, comedias, estudios de encargo y los discursos pronunciados en las Reales Academias. Además escribió múltiples artículos periodísticos. Su producción poética fue la más prolífica, con múltiples romances de los más variados temas. En sus obras imperan el espíritu nacional o patriotismo, el entusiasmo histórico y el sentimiento aristocrático.

Isabel II le concedió en 1848 los títulos de “marqués de Molins” y el de “vizconde de Rocamora” y en 1863 el de “grande de España”. Alfonso XII le otorgó el collar de la Orden del Toisón en 1875.

El Marqués de Molins
FUENTE: Real Academia Española (R.A.E.). http://www.rae.es/academicos/mariano-roca-de-togores-0

En su visión de la Mancha, este autor hace volar su imaginación hasta unos recuerdos de juventud en los que describe la región manchega con unos tonos coloristas. Inicia su análisis a la región abarcando temas tan dispares como la geografía, la historia, la política, la filosofía y otros aspectos etnográficos basados en forma de vestir de sus habitantes, la gastronomía o el folklore.

“Hay una comarca en el centro de nuestra España que no puede engreírse con sublimes cumbres y siempre argentadas cimas, como las de Guadarrama y Sierra Nevada, ni con rocas veneradas y heroicas espeluncas, como las de Monserrate y Covadonga”8.

El Marqués de Molins reconoce, desde el principio de la obra, que su sapiencia sobre La Mancha es más teórica que práctica. Precisamente es ésta una de las razones en las que se apoyan escritores posteriores para criticar sus afirmaciones.

Su origen aristocrático le hace alabar la importancia histórica en la región de las Órdenes Militares y sus asentamientos emblemáticos:

“…allí está el Escorial de la Orden de Santiago en Uclés; allí el sangriento y heroico Campo de Calatrava; allí pusieron los Hospitalarios de San Juan el Alcázar de su Gran Prior; allí estaban las Freilas de Almagro; allí viven los honrados hidalgos que sienten correr por sus venas la sangre de los Comendadores y Maestres, y que ponen su escudo, sobre las cruces vencedoras en las Navas, tremoladas en Granada”9.

Tras asegurar que la comarca manchega ha sido totalmente olvidada dentro de la historia general de España, a modo de un Don Quijote de finales del siglo XIX, idealiza esta llanura gracias a las mujeres manchegas. Una mujer virtuosa cuya educación sigue unos parámetros que, vistos desde la perspectiva social de nuestra época, pueden provocarnos sorpresa y hasta estupor.

La mujer manchega aprende de su madre el amor de Dios, a la patria y el amor y orgullo de raza, representados por el cariño a los padres, a su tierra y a su familia.

El modelo que él nos muestra es suficientemente diáfano:

“… las escuelas no son politécnicas (gracias a Dios), y las mancheguitas no salen del poder de su señora madre para volver con una enciclopedia en la cabeza y la anarquía en el corazón. Leer de corrido en el Catón Cristiano, en el Amigo de los Niños y aun en los avisos de Santa Teresa o en la Perfecta Casada, de Fray Luis de León; escribir en buena bastarda española; practicar las cuatro reglas en enteros, quebrados y complejos; …; coser, eso sí; mejor y más igual que con máquina, a pespunte y vainica; zurcir, no voluntades ni enredos, sino calcetas; marcar y bordar medianamente; hacer punto de media de forma que cunda, y manejar con expedición los bolillos de blonda, constituyen lo principal de su crianza”10.

Así, la mujer manchega ensalzada por el Marqués de Molins es mujer fuerte en el Evangelio, “que cuida su casa y hacienda; es la alegría de su casa, el descanso de su esposo, caballero de alguna orden caballeresca, tan abundantes y tradicionales en su tierra, y aún se las oye cantar coplas en las que se exalta su orgullo de raza”11.

Viendo esta imagen de La Mancha, no es extraño que el autor reviva la imagen del caballero andante Don Quijote, indicando que si volviera a caminar por su comarca volvería a encontrar rasgos perennes e inamovibles desde la época del hidalgo.

Y así afirma que:

“las casas manchegas son poco más o menos como en época del Caballero andante… , Asimismo, el afecto con que las manchegas reciben al huésped, dando muestras de mucho amor y mucha cortesía, regalando a todos los que a su casa llegan”12.

Dentro de su obra podemos vislumbrar la postura política del Marqués que fue militante de un liberalismo moderado. Si el aspecto físico de la Mancha lo considera a penas cambiante con respecto a la época de Don Quijote, el resumen político que hace de la región sí que es muy diferente:

“… hallaría suprimidas las órdenes todas de caballería y al cura y al clero pobre y perseguido; no toparía con frailes de San Benito ni con devotos disciplinantes, ni contaría con algún prado concejil en que criar sus yeguas; porque con todo esto y con otras más altas y honestas cosas que de las leyes dependen, ha dado al traste el sesudo y constante sexo masculino. Hallaría, amén de eso, al barbero emancipado (como ahora se dice), intransigente, además, y con sus puntas y collar de socialista (que buen trabajo le había de costar entender esos vocablos), y al bachiller Sansón Carrasco, federal de los consecuentes, y que después de haber sido gacetillero y constituyente, se afana por hacer a su lugar capital de un estado federativo, y dice que se ha de salir con ello, si ya no es que le hacen antes intendente de alguna isla o Embajador de alguna corte poderosa”13.

Estos cambios sociales los ironiza también para el caso de las mujeres, que van perdiendo los encantos de la mujer manchega, descritos anteriormente, y ahora se desviven por pasar ratos de ocio y solaz aún abandonando sus obligadas tareas:

“Ahora van como en caravana a las ferias de Zuonbarrial (Ciudad-Real), del Tomelloso, Almagro y Villafranca, que llaman del mendrugo; ahora se dan prisa, consultando á cada paso con el sol la hora, para llegar á tiempo de tomar en la estación próxima el tren de placer que las lleva á la Semana Santa de Toledo, á San Isidro de Madrid, ó á los toros de Albacete”14.

Siguiendo con su descripción de la mujer manchega, aprovecha unos personajes femeninos (“condiscípulas”15) para desarrollar todo un estudio sobre la forma de ser del género femenino manchego. Estos tipos de mujeres manchegas son:

  • La “Mostillera”, hija de un veterinario famosa por la elaboración de bizcochos, mantecados, golosinas, arrope u
  • La “Condesica”, hija de uno de los más ilustres, ricos y respetados caballeros de toda la
  • La “Santa Hidalga”, dedicada a “labrar flores de mano, a presidir la matanza y a gobernar su casa y hacienda”16
  • La sobrina del Corregidor. “Bella, discreta y buena como un ángel; instruida, graciosa, elegante por extremo, tuvo muchos pretendientes apasionados, ricos y protegidos por su familia”17.

Aprovecha el autor los devaneos amorosos y la boda de la Mostillera para mostrarnos las tradiciones de la sociedad de la época en todos lo referente a los enlaces matrimoniales (la pedida de mano y la dote, la celebración y las vestimentas, los invitados y los regalos, el banquete…).

Las referencias a los personajes de la obra de Cervantes son numerosas y hasta tal punto es grande el paralelismo con los hechos acaecidos a Don Quijote, que la boda descrita por el Marqués de Molins es comparada con las cervantinas Bodas de Camacho.

“Hiciéronse las bodas: las de Camacho no fueron más espléndidas, y sin duda con menos ilustre concurso celebradas”18.

Y el Marqués aprovecha la coyuntura para presentarnos a lo más selecto de la sociedad manchega que asiste a este evento social:

… Desde Alcázar de San Juan, los Marañones y los Cervantes; … de ambas Argamasillas llegaron los Rosales; … de la Torre de Juan Abad, los nobles que recuerdan a Quevedo y de Mora y de Ocaña, los Calderones;… de Santa Cruz de la Zarza, los Paradas; …los Sandovales llegaron del Pedernoso y de San Clemente, y de esta última villa y de Infantes los Melgarejos;… los Ballesteros, los Arces y Torres vinieron de la Roda y los Rodrigos del Tomelloso; los Jaravas, Valientes y Antolínez de Castro, de la Solana; los Salidos, del Moral de Calatrava; los Muñozes, los Medranos, Treviños y Maldonados, de Ciudad-Real; los Enriquez, de Herencia; de Belmonte los Baíllos… y de Belmontejo concurrieron los Lodares y Lizanas. En fin, los Chacones, Silvas, Valdeses, Collados, Meneses, Manriques de Lara y Lasos de la Vega acudieron de otros pueblos”19.

Hasta aquí el mosaico de imágenes manchegas que nos ofrece el Marqués de Molins que, aunque pronto le surgieron infinidad de reproches, fue una de las que mejor crítica recibió en su tiempo.

Su resumen de la misma, el siguiente:

“Yo no escribo historia sino artículo; no me refiero a documentos sino a recuerdos. Demás que yo no tengo empleo en el registro civil, ni esto es padrón municipal; oficio hago, aunque torpe, de pintor, y yo no sé de alguno, que ponga al pie de sus cuadros, la fe de bautismo y la carta de vecindad de sus modelos”20.

Citas

1 ALMARCHA NÚÑEZ-HERRADOR, Esther y SÁNCHEZ SÁNCHEZ, Isidro. “Documentos sobre la ruta del Quijote: Relación Cronológica”. Centro de Estudios de Castilla La Mancha. 2005. [en línea]: https://www.academia.edu/12246106/2005._Documentos_sobre_la_Ruta_del_Quijote_Relaci%C3%B3n_cronol%C3%B3gica_ 2 MARTÍNTEZ RUIZ, “AZORÍN”, Juan. “La ruta de Don Quijote”. Junta de Comunidades de Castilla La Mancha. Universidad de Castilla La Mancha. 2005. Pág. 156.

3 Ibídem, pág. 57.

4 ESPINAR, Laura. “Rubén Darío en La Mancha”. Lanza, Diario de La Mancha. 11 de febrero de 2016. [en línea]: https://www.lanzadigital.com/provincia/ciudad-real/ruben-dario-en-la-mancha/

5 JACCACI, August. “Un americano en La Mancha tras las huellas de don Quijote”. 1897. Traducción por Esther Bautista Naranjo. Biblioteca Virtual de Castilla La Mancha. 2010, pág. 17.

6 Ibídem. Pág. 18.

7 REQUENA GALLEGO, Manuel. “Diccionario Biográfico Español”. Real Academia de la Historia. [en línea]:

http://www.rah.es/mariano-roca-togores-carrasco-marques-molins-i-vizconde-rocamora/

8 MOLINS, Mariano Roca de Togores, Marqués de. “La Manchega”. Obras del Marqués de Molins. Instituto de Estudios Albacetenses. Confederación Española de Centros de Estudios Locales. Clásicos Albacetenses. Albacete, 1984. Tomo III, pág. 413. 9 Ibídem, pág. 432.

10 Ibídem, pág. 420.

11 Ibídem, pág. 432.

12 Ibídem, pág. 437.

13 Ibídem, pág. 436.

14 Ibídem, pág. 441.

15 Ibídem, pág. 450.

16 Ibídem, pág. 451.

17 Ibídem, pág. 477.

18 Ibídem, pág. 493.

19 Ibídem, pág. 493.

20 Ibídem, pág. 477.

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